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sábado, 23 de julio de 2011

682(:


SI NO TE MATABA EL TIEMPO QUE TE MATARA LA VIDA.
Tenía los brazos llenos de tatuajes, uno por cada vez que te rompieron el corazón-decías. Yo miraba asombrada, debías de tener el corazón en coma de tanta sacudida. Conducías un viejo coche, porque todo en tu vida estaba viejo, hasta leías el periódico del día anterior y tomabas la comida caducada. Era tu filosofía de vida, si no te mataba el tiempo que te matara la vida. Aquel coche desvencijado era todo lo que te quedaba. Vivías allí como quién vive esperando que la vida se le agote. Te masturbabas cada mañana enfrente del supermercado viendo a la cajera, rubia y tetona, para qué querías más. Yo lo conocía todo de ti, te había visto cuando jugabas con el perro con 9 años antes de que tu padre lo matara de un golpe. Creo que ahí fue cuando empezaste a odiar la vida. Nunca miraste hacia mi ventana, estaba tan cerca, tanto. Pero nunca supiste quien era hasta que me pinté los labios y aparecí en tu puerta con mi mejor vestido y sin ropa interior. Diciendo: o me desnudas o me muero. Y sí, eso hiciste, no hubo ni un beso de por medio. Aquello que había imaginado de velas y música lenta se convirtió en unas cuantas sacudidas sin ternura en la encimera de tu cocina. Me dijiste al salir, para la próxima vez ponte bragas, a ver que guardo sino en mi colección, y diste un portazo. Crucé la calle y me senté en la acera repasando lo que había pasado. Fue el primero de muchos encuentros. Poco a poco aprendí entre polvo y polvo que te gustaba el rock de los años 70 y que el único momento feliz de tu vida fue con 9 años. Atendía tus historias con los ojos muy abiertos, deseando formar parte de ellas. Y un verano viajamos. Tú conducías mientras yo reposaba las piernas en el salpicadero. A veces te leía en voz alta fragmentos de la novela que estaba leyendo y tú sonreías. Reconocías que te gustaba mi voz y a veces después del polvo rutinario me mandabas leerte algo al azar. Aquel verano fue el mejor de nuestras vidas. Follábamos con las estrellas y amanecíamos borrachos mirando al mar. Nos reíamos en los supermercados y aprendiste a quererme como quiere alguien triste, suave, lento, poco a poco. Pero se terminó el verano y con él se terminó el nosotros. No podía con tu autodestrucción, tuve que alejarme. Hice las maletas y me fui de ese barrio para siempre. Ahora, unos años después sigo acordándome de aquel verano en el que fuimos indestructibles. Al final te tatuaste en el brazo izquierdo: “Cualquier idiota puede herir a una mujer, pero solo un hombre grande se la lleva para siempre.”. Sonreí. Fueron las últimas palabras que salieron de mi boca antes de alejarme de ti para siempre.

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